viernes, 12 de agosto de 2011

Tierra de mi tierra



      Me parece que fue ayer, me parece que fue siempre, en realidad creo que nunca vine y nunca me fui, que brote de la misma luna, del mismo aire, que tropecé con las mismas piedras. Que alto, que inalcanzable (tan alto como el cerro San Bernardo diría mi tío amor), se convierte el solo hecho de hilvanar un adjetivo. Sólo barro, sólo piedras, sólo árbol, sólo cerros, y ese aire que penetra con tanto aroma a simpleza que desarma y se esparce abarcando cada infinito rincón, como bocanada de humo en el rostro de aquel hombre sentado en la vieja esquina, que con tanto fervor como parquedad se entrega al tiempo desafiante.
      Me parece que fue ayer, me parece que fue siempre, que sentí esa mano espesa, áspera, contundente y sincera, que me mostró un lugar en el que, débil e inocente, alguna vez creí haberme ido.
      Esto es concreto, a esta vertiente de lujuria natural no la conmueve ni el más absurdo intento de olvido. Somos una aguja en un pajar, una hormiga en plena selva trasladando cargas inadmisibles para una maquina que nos suplica atormentada subyugar un momento para treparse a un árbol y construir una flor. Qué más ni menos! qué antes ni después! el parpadear es un acto reflejo que imprime mucho más que el mero acto fisiológico de lubricar nuestro lente, nos permite ser selectivos, elegir si mirar o no mirar, si participar o ignorar. Siento hambre de morderme los labios y gritar, escupir mis cenizas, de comer y respirar tierra de mi tierra, Madre acompáñame.

Vaivén

Ventanas,
vaivén de sombras sobre sombras
la frescura y las voces negras
atraviesan los árboles con ferocidad de hiena
transcurres pierna contra pierna
tropezando en el juego ocre
de raíces embravecidas por tus nerviosos golpes  
látigos lumínicos se escurren pacientes
ampliando tu rostro entumecido por el hielo matinal
nadie espera para sostener tu mano temblorosa
todo es ajeno allí
las calles no te nombran
las noticias no hablarán de vos
recortado y expulsado del paisaje
a la bofetada del viento omnisciente
el ruido rojo de tu pecho trabaja sesgado
por las grises combustiones de motores
que te esquivan sin mirarte
el tejido urbano te deshace la retina
ese pasto ya no te pertenece
aguerridos viajes te citan
saboreando el río más largo
contestando a esa roca
que te habla y es amable
ese bosque te seduce y descansa con tu espalda
la dócil música de otro mundo continuado
se hace cuerpo en tu piel
a su vez succionada
por la suela contracturada
de un traje manchado
derramando púrpuras bendiciones
sobre la huella destellante de lujuria
implacable en cada paso
ignora que el fuego pisoteado
morirá
para retornar doblemente vivo
en la muerte de todas las muertes.

A mis Hermanos Muertos el 27 de Noviembre, de José Martí por Silvio Rodriguez

(Texto completo)
¡Cadáveres amados los que un día
Ensueños fuisteis de la patria mía,
Arrojad, arrojad sobre mi frente
Polvo de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad mi corazón con vuestras manos!
¡Gemid a mis oídos!
¡Cada uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas de uno más de los tiranos!
¡Andad a mi redor; vagad en tanto
Que mi ser vuestro espíritu recibe,
Y dadme de las tumbas el espanto,
Que es poco ya para llorar el llanto
Cuando en infame esclavitud se vive!

    Y tú, Muerte, hermana del martirio,
Amada misteriosa
Del genio y del delirio,
Mi mano estrecha, y siéntate a mi lado;
¡Os amaba viviendo, mas sin ella
No os hubiera tal vez idolatrado!

    En lecho ajeno y en extraña tierra
La fiebre y el delirio devoraban
Mi cuerpo, si vencido, no cansado,
Y de la patria gloria enamorado.
¡El brazo de un hermano recibía
Mi férvida cabeza,
Y era un eterno, inacabable día,
De sombras y letargos y tristeza!

    De pronto vino, pálido el semblante,
Con la tremenda palidez sombría
Del que ha aprendido a odiar en un instante,
Un amigo leal, antes partido
A buscar nuevas vuestras decidido.
La expresión de la faz callada y dura,
Los negros ojos al mirar inciertos,
Algo como de horror y de pavura,
La boca contraída de amargura,
Los surcos de dolor recién abiertos,
Mi afán y mi ansiedad precipitaron.
—¿Y ellos? ¿Y ellos? mis labios preguntaron;
— ¡Muertos! me dijo: ¡muertos!
Y en llanto amargo prorrumpió mi hermano,
Y se abrazó llorando con mi amigo,
Y yo mi cuerpo alcé sobre una mano,
Viví en infierno bárbaro un instante,
Y amé, y enloquecí, y os vi, y deshecho
En iras y en dolor, odié al tirano,
Y sentí tal poder y fuerza tanta,
Que el corazón se me salió del pecho,
¡Y lo exhalé en un ¡ay! por la garganta!

    Y vime luego en el ajeno lecho,
Y en la prestada casa, y en sombría
Tarde que no es la tarde que yo amaba.
¡Y quise respirar, y parecía
Que un aire ensangrentado respiraba!
Vertiendo sin consuelo
Ese llanto que llora al patrio suelo,
Lágrimas que después de ser lloradas
Nos dejan en el rostro señaladas
Las huellas de una edad de sombra y duelo,—
Mi hermano, cuidadoso,
Vino a darme la calma, generoso.
Una lágrima suya,
Gruesa, pesada, ardiente,
Cayó en mi faz; y así, cual si cayera
Sangre de vuestros cuerpos mutilados
Sobre mi herido pecho, y de repente
En sangre mi razón se oscureciera,
Odié, rugí, luché; de vuestras vidas
Rescate halló mi indómita fiereza...
¡Y entonces recordé que era impotente!
¡Cruzó la tempestad por mi cabeza
Y hundí en mis manos mi cobarde frente!

    Y luché con mis lágrimas, que hervían
En mi pecho agitado, y batallaban
Con estrépito fiero,
Pugnando todas por salir primero;
Y así como la tierra estremecida
Se siente en sus entrañas removida,
Y revienta la cumbre calcinada
Del volcán a la horrenda sacudida,
Así el volcán de mi dolor, rugiendo,
Se abrió a la par en abrasados ríos.
Que en rápido correr se abalanzaron
Y que las iras de los ojos míos
Por mis mejillas pálidas y secas
En tumulto y tropel precipitaron.

    Lloré, lloré de espanto y amargura:
Cuando el amor o el entusiasmo llora,
Se siente a Dios, y se idolatra, y se ora.
¡Cuando se llora como yo, se jura!

    ¡Y yo juré! ¡Fue tal mi juramento,
Que si el fervor patriótico muriera,
Si Dios puede morir, nuevo surgiera
Al soplo arrebatado de su aliento!
¡Tal fue, que si el honor y la venganza
Y la indomable furia
Perdieran su poder y su pujanza;
Y el odio se extinguiese, y de la injuria
Los recuerdos ardientes se extraviaran,
De mi fiera promesa surgirían,
Y con nuevo poder se levantaran,
E indómita pujanza cobrarían!

Sobre un montón de cuerpos desgarrados
Una legión de hienas desatada,
Y rápida y hambrienta,
Y de seres humanos avarienta,
La sangre bebe y a los muertos mata.
Hundiendo en el cadáver
Sus garras cortadoras,
Sepulta en las entrañas destrozadas
La asquerosa cabeza; dentro del pecho
Los dientes hinca agudos. y con ciego
Horrible movimiento se menea
Y despidiendo de los ojos fuego,
Radiante de pavor, levanta luego
La cabeza y el cuello en sangre tintos:
Al uno y otro lado,
Sus miradas estúpidas pasea,
Y de placer se encorva, y ruge, y salta,
Y respirando el aire ensangrentado,
Con bárbara delicia se recrea.
¡Así sobre vosotros
—Cadáveres vivientes,
Esclavos tristes de malvadas gentes—.
Las hienas en legión se desataron,
Y en respirar la sangre enrojecida
Con bárbara fruición se recrearon!

    Y así como la hiena desaparece
Entre el montón de muertos,
Y al cabo de un instante reaparece
Ebria de gozo, en sangre reteñida,
Y semeja que crece,
Y muerde, y ruge, y rápida desgarra,
Y salta, y hunde la profunda garra
En un cráneo saliente,
Y, al fin, allí se para triunfadora,
Rey del infierno en solio omnipotente,
Así sobre tus restos mutilados,
Así sobre los cráneos de tus hijos,
¡Hecatombe inmortal, puso sedienta,
Despiadada legión garra sangrienta!
¡Así con contemplarte se recrea!
¡Así a la patria gloria te arrebata!
¡Así ruge, así goza, así te mata!
¡Así se ceba en ti! ¡Maldita sea!

   Pero, ¿cómo mi espíritu exaltado,
Y del horror en alas levantado,
Súbito siente bienhechor consuelo?
¿Por qué espléndida luz se ha disipado
La sombra infausta de tan negro duelo?
Ni ¿qué divina mano me contiene,
Y sobre la cabeza del infame
Mi vengadora cólera detiene?...

   ¡Campa! ¡Bermúdez! ¡Alvarez! Son ellos,
Pálido el rostro, plácido el semblante;
¡Horadadas las mismas vestiduras
Por los feroces dientes de la hiena!
Ellos los que detienen mi justicia!
¡Ellos los que perdonan a la fiera!
¡Dejadme ¡oh gloria! que a mi vida arranque
Cuanto del mundo mísero recibe!
¡Dejad que vaya al mundo generoso,
Donde la vida del perdón se vive!

   ¡Ellos son! ¡Ellos son! Ellos me dicen
Que mi furor colérico suspenda,
Y me enseñan sus pechos traspasados,
Y sus heridas con amor bendicen,
Y sus cuerpos estrechan abrazados,
¡ Y favor por los déspotas imploran!
¡Y siento ya sus besos en mi frente,
Y en mi rostro las lágrimas que lloran!

¡Aquí están, aquí están! En torno mío
se mueven y se agitan...
—¡Perdón!
           —¡Perdón!
                      —¿Perdón para el impío?

—¡Perdón! ¡Perdón! — me gritan,
¡Y en un mundo de ser se precipitan!

    ¡Oh gloria, infausta suerte,
Si eso inmenso es morir, dadme la muerte!
—¡Perdón! — ¡Así dijeron
Para los que en la tierra abandonada
Sus restos esparcieron!
¡Llanto para vosotros los de Iberia,
Hijos en la opresión y la venganza!
¡Perdón! ¡Perdón! ¡esclavos de miseria!
¡Mártires que murieron, bienandanza!
La virgen sin honor del Occidente,
El removido suelo que os encubre
Golpea desolada con la frente,
Y al no hallar vuestros nombres en la tierra
Que más honor y más mancilla encierra,
Del vértigo fatal de la locura
Horrible presa ya, su vestidura
Rasga, y emprende la veloz carrera,
Y, mesando su ruda cabellera,
—¡Oh— clama — pavorosa sombra oscura!
¡Un mármol les negué que los cubriera,
Y un mundo tienen ya por sepultura!
Y más que un mundo, más! Cuando se muere
En brazos de la patria agradecida,
La muerte acaba, la prisión se rompe;
¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!  

    ¡Oh, más que un mundo, más! Cuando la gloria
A esta estrecha mansión nos arrebata,
El espíritu crece,
El cielo se abre, el mundo se dilata
Y en medio de los mundos se amanece.

  ¡Déspota, mira aquí cómo tu ciego
Anhelo ansioso contra ti conspira:
Mira tu afán y tu impotencia, y luego
Ese cadáver que venciste mira,
Que murió con un himno en la garganta,
Que entre tus brazos mutilado expira
Y en brazos de la gloria se levanta!
No vacile tu mano vengadora;
No te pare el que gime ni el que llora:
¡Mata, déspota, mata!
¡Para el que muere a tu furor impío,
El cielo se abre, el mundo se dilata!



Madrid, 1872

miércoles, 10 de agosto de 2011

Yrucamay

Pueblo angosto
furtivo y hondo,
coraza, invierno y metales.
Surco al hilo,
gresca y vino,
olores, versos y umbrales.
Serrano, tieso y cimarrón,
intriga, carne de omisión.
Amor, traición inermes,
sortija, bruma y vientres.
Sitio nominal,
fulgor sin brocal.
Albor de coplas,
sudor en sombra,
tiento, soplo diestro.
Intrínseco fruto de color,
piedra, fuelle y oración.
Amor, traición inermes,
sortija, bruma y vientres.
Sitio habitual,
perpetuo y voraz.

martes, 9 de agosto de 2011

Suburbio

Trozos descoloridos
que fluctúan incandescentes
verticales incisivos,
queriendo adoctrinar el mérito del sentido puro,
de lo propio,
del color intentando colorearse,
atravesando con la dosis precisa de viejos amores
el surco sordo pernicioso volátil
que abraza tu camino,
que sucumbe ante mis torpes piernas con clarividencia de brujo.
Bajo el denso manto tintineante se desnuda la fría angustia,
que acompaña al pensamiento
con la estrecha fidelidad de lo indivisible,
amor oscuro y rotundo
que encuentra cobijo cuando descansa la fiebre,
atracada de estar afuera,
de pasear por el otro lado,
por calles y calles encumbradas de bultos sin forma,
insípidas muestras de desgano corriente,
de corrientes distópicas,
aberrantes,
subyugadas por la caricia de antiguas voces
que atestiguan la falsedad de aquella mirada errante,
del beso negligente apagado absurdo.
Pardo y pertinente
destripas sombra por sombra
el cajón polvoriento del buen hacer que has heredado,
junto a aquella luz del incienso mártir
que ha sacudido mis vértebras alguna noche,
de algún día,
de algún mes,
de algún año,
de algún siglo.  

Caja de música - (Jorge Luis Borges - Pedro Aznar)

Música del Japón. Avaramente
De la clepsidra se desprenden gotas
De lenta miel o de invisible oro
Que en el tiempo repiten una trama
Eterna y frágil, misteriosa y clara.
Temo que cada una sea la última.
Son un ayer que vuelve. ¿De qué templo,
De qué leve jardín en la montaña,
De qué vigilias ante un mar que ignoro,
De qué pudor de la melancolía,
De qué perdida y rescatada tarde,
Llegan a mí, su porvenir remoto?
No lo sabré. No importa. En esa música
Yo soy. Yo quiero ser. Yo me desangro.

sábado, 6 de agosto de 2011

La mañana

Por qué entornaste las manos,
por qué se escaparon tus huellas
en aquella explosión turbia de la mañana
y todo lo alusivo al vicio irrefrenable de bullir
se petrifico avinagradamente
como las hojas nuevas del otoño pasado,
que vuelve a ser presente y luego pasado
y así seguimos contando,
que sigue recayendo y concluyendo
en ese fulgor criminal que sostiene tu boca,
ese ruido de algodones que evocan tus pies,
ese pozo sutil de melancolía
que abrazo en cada gesto preciso
que instantáneamente muta
y se desdobla al recuerdo
porque no será igual al próximo.
No justifiques tus palabras que,
torpes y peligrosas como refugio de serpientes,
se pasean inquietas y aturdidas por mis manos
que piensan en tus manos,
esas que entornándose se llevaron parte del olor a café
que tanto nos une y confunde.
Pero hay algo que jamás podrán rasgarme tus sentidos,
el lugar que ocupo en tu cuerpo,
en tu espacio,
junto a la frágil ventana en la que reposo cada mañana,
con el tilo viril contestándome desde el otro lado
aportando su música sin tiempo
y con mi voz desgarrada suplicando
que no te alejes
y que si lo haces
regreses con otra taza de café.

Hoja de agua

A quién mirás hoja de agua,
nadando sobre el húmedo manto cristalino
que acompaña fielmente los melódicos movimientos
de tus nervios fulgurantes.
Desde aquel paraje ensombrecido y oculto
me desarmo con tu música de valsecitos y vidalas.
Salto de mi escaparate sorteando las piedras
al ritmo de tu acuoso chisporroteo.
Deslindante de toda histeria,
sacudís el vacío
saboreando el sudor rojo y constante
del atrevimiento hormonal que te acaricia y te mantiene a flote.
Ni el huracán san Zenón se atreverá a soplar tan reñido avance.
Tu danza es brasa en el frío amanecer del río.
Tu esbelto pecíolo asoma ineluctable
a través de la verdosa espesura del oleaje
la cadenciosa coreografía
te constituye como primera y última materia del papel
atestado de líneas
atravesadas por manos indulgentes
de cuerpos comprometidos
que infringirán el orden de los vientos
para resignificar el árbol de la historia.

Ingeniosa adaptación

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



                                                       Julio Cortázar, Final del juego

Primeros sonidos

"La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar de una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal”. 

                                                                 Octavio Paz, El arco y la lira.